OPINIÓN
Storni y la Triple P
Me lo había adelantado hace unos meses Rubén Descalzo. “Se muere impune”, dijo, cuando nos encontramos en una marcha que organizó la hermana de Pocho Lepratti frente al palacio de Tribunales.
20.02.2012 | 21:39 hs.
· Autor: Héctor Martín Galiano
· Fuente: Notife
Desde el fondo de la ronda convocada en Plaza de Mayo apoyaba, Rubén, el reclamo justo. Recuerdo cuando lo visité en su casa con Luciana Trinchieri en 2002, en los años en que el periodismo se hacia de a pie, sin Blackberry. Recuerdo la nota que nos dio en su departamento y del dolor y el asco que tenía cuando contaba que Storni lo había manoseado en el mismísimo Arzobispado. Recuero también cuando un integrante del Consejo Episcopal del Arzobispado de Santa Fe me contó que, por decisión de Moisés Blanchoud (entonces arzobispo emérito a cargo de la diócesis) le compraron un chalet al Jefe en La Falda. La Iglesia había puesto “cash”, unos 100 mil pesos.
Storni había sido el fiel exponente de la Triple P: pecador, poderoso y pedófilo. En Santa Fe, (casi) todos le pedían permiso antes de dar un paso. Desde los militares reciclados en la democracia santafesina, hasta los civiles, pasando por Jorge Obeid, Carlos Reutemann y decenas de legisladores que cumplían a pies juntillas sus deseos. El torturador Eduardo “Curro” Ramos se entregó en el Arzobispado, en 2001, cuando la Interpol lo mandó a detener por pedido del (ahora ex) juez Baltasar Garzón.
Tenía influencia sobre las mejores plumas del vespertino local y también sobre los grandes formadores de opinión. Manejaba la Universidad Católica a su gusto y designaba a los ministros de Educación año tras año, gestión tras gestión. Por eso Danilo Killibarda se fue espantado del primer gobierno de Reutemann, al descubrir que el Gobierno de la cartera estaba en otro lado.
Cuestionó la ley de salud reproductiva pero cerró un acuerdo macro con el reutemanismo para sacar la Ley de Casinos.
En los años ochenta, en la parroquia Sagrado Corzazón, solíamos jugar al fútbol en los fondos, junto a los monagillos de las misas del padre Catalano y los estudiantes del seminario. Partidos duros, en donde se metía la pierna fuerte y más de un futuro “curita” soltaba una puteada. Al final, todos nos sentábamos a contemplar las columnas que un arquitecto había imaginado para la Catedral Nueva. Eran tiempos en que se hablaba de cristianismo, de ayudar al más pobre, al más débil. Se enunciaba más la solidaridad que la caridad.
Algunos años después, supe que esos estudiantes del Seminario -que ponían la pierna fuerte en los picados al sol - habían renunciado, asqueados del Pecador, del Pedófilo, del Poderoso. Nunca más se recuperó el trabajo pastoral. Nunca más recuperé mi fe.
“No es un problema que sea homosexual, sino que haya aprovechado su situación de poder para abusar, para invadir, para dañar”. Palabras más, palabras menos, la jueza Mascehroni había argumentado su relato extenso que terminó con la condena a ocho años prisión del ex arzobispo, que después una Cámara de jueces revocó.
No existe en la actualidad, institución seria, científica, que cuestione la homosexualidad. La Iglesia Católica es una de las pocas. Sin embargo, su ministro religioso, en el sur de América del Sur, en la diócesis santafesina, gustaba de los hombres, de los hombres menores de edad. Y abusaba de su poder, y abusaba de los jóvenes. Era la síntesis de la Triple P.
Los jueces lo salvaron porque, en general, le debían favores. Y cuando se habla de jueces se compromete a todo el Poder Judicial. Injusto sería incluir a (el fallecido magistrado) Eduardo Giovaninni que, pese a su condición de católico, lo procesó por el abuso a Rubén Descalzo, que fue el único por el que el jefe de la Triple P fue a juicio.
Storni se fue pero aún quedan sus viejos adláteres cometiendo excesos. En San Justo, maestros, profesores y la comunidad entera le teme al padre Mario Grasi, ex ladero del “Principe” en los años de las “fiestas trasnochadas” y poder real.
Sería injusto decir que la feligresía de Santa Fe fue enteramente cómplice. Por estas cosas del periodismo, también me tocó estar en la misa ofrecida por el padre Héctor Capello y la Basílica de Guadalupe. Ese día fue la única vez que observé un escrache a un vicario de la Iglesia. Pancartas y cánticos acusadores y la gente aplaudiendo. Polaroids difíciles de borrar.
La muerte del “Rosadito” (como lo calificó un seminarista que fue entrevistado por Olga Wornat) me hizo pensar inmediatamente en Rubén Descalzo. En su lucha, en su valor. ¿Pedirá disculpas la Iglesia? ¿Y los jueces? ¿Y los políticos?. La muerte de Storni la llora su séquito. La impunidad nos duele a quienes de algún modo creímos (y obstinadamente creemos) que los malos pagan. Así en la Tierra como en el Cielo.
Storni había sido el fiel exponente de la Triple P: pecador, poderoso y pedófilo. En Santa Fe, (casi) todos le pedían permiso antes de dar un paso. Desde los militares reciclados en la democracia santafesina, hasta los civiles, pasando por Jorge Obeid, Carlos Reutemann y decenas de legisladores que cumplían a pies juntillas sus deseos. El torturador Eduardo “Curro” Ramos se entregó en el Arzobispado, en 2001, cuando la Interpol lo mandó a detener por pedido del (ahora ex) juez Baltasar Garzón.
Tenía influencia sobre las mejores plumas del vespertino local y también sobre los grandes formadores de opinión. Manejaba la Universidad Católica a su gusto y designaba a los ministros de Educación año tras año, gestión tras gestión. Por eso Danilo Killibarda se fue espantado del primer gobierno de Reutemann, al descubrir que el Gobierno de la cartera estaba en otro lado.
Cuestionó la ley de salud reproductiva pero cerró un acuerdo macro con el reutemanismo para sacar la Ley de Casinos.
En los años ochenta, en la parroquia Sagrado Corzazón, solíamos jugar al fútbol en los fondos, junto a los monagillos de las misas del padre Catalano y los estudiantes del seminario. Partidos duros, en donde se metía la pierna fuerte y más de un futuro “curita” soltaba una puteada. Al final, todos nos sentábamos a contemplar las columnas que un arquitecto había imaginado para la Catedral Nueva. Eran tiempos en que se hablaba de cristianismo, de ayudar al más pobre, al más débil. Se enunciaba más la solidaridad que la caridad.
Algunos años después, supe que esos estudiantes del Seminario -que ponían la pierna fuerte en los picados al sol - habían renunciado, asqueados del Pecador, del Pedófilo, del Poderoso. Nunca más se recuperó el trabajo pastoral. Nunca más recuperé mi fe.
“No es un problema que sea homosexual, sino que haya aprovechado su situación de poder para abusar, para invadir, para dañar”. Palabras más, palabras menos, la jueza Mascehroni había argumentado su relato extenso que terminó con la condena a ocho años prisión del ex arzobispo, que después una Cámara de jueces revocó.
No existe en la actualidad, institución seria, científica, que cuestione la homosexualidad. La Iglesia Católica es una de las pocas. Sin embargo, su ministro religioso, en el sur de América del Sur, en la diócesis santafesina, gustaba de los hombres, de los hombres menores de edad. Y abusaba de su poder, y abusaba de los jóvenes. Era la síntesis de la Triple P.
Los jueces lo salvaron porque, en general, le debían favores. Y cuando se habla de jueces se compromete a todo el Poder Judicial. Injusto sería incluir a (el fallecido magistrado) Eduardo Giovaninni que, pese a su condición de católico, lo procesó por el abuso a Rubén Descalzo, que fue el único por el que el jefe de la Triple P fue a juicio.
Storni se fue pero aún quedan sus viejos adláteres cometiendo excesos. En San Justo, maestros, profesores y la comunidad entera le teme al padre Mario Grasi, ex ladero del “Principe” en los años de las “fiestas trasnochadas” y poder real.
Sería injusto decir que la feligresía de Santa Fe fue enteramente cómplice. Por estas cosas del periodismo, también me tocó estar en la misa ofrecida por el padre Héctor Capello y la Basílica de Guadalupe. Ese día fue la única vez que observé un escrache a un vicario de la Iglesia. Pancartas y cánticos acusadores y la gente aplaudiendo. Polaroids difíciles de borrar.
La muerte del “Rosadito” (como lo calificó un seminarista que fue entrevistado por Olga Wornat) me hizo pensar inmediatamente en Rubén Descalzo. En su lucha, en su valor. ¿Pedirá disculpas la Iglesia? ¿Y los jueces? ¿Y los políticos?. La muerte de Storni la llora su séquito. La impunidad nos duele a quienes de algún modo creímos (y obstinadamente creemos) que los malos pagan. Así en la Tierra como en el Cielo.
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