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OPINIÓN
El esputo ascendente
27.08.2010 | 17:45 hs.
· Autor: Martín Caparrós
· Fuente: El Argentino
Claro que temo por mi conexión con el mundo, pero aún así la estoy pasando bomba: la supresión presidencial de Fibertel es uno de esos momentos de inflexión que la política patria suele ofrecer con una generosidad que la honra y la convierte en algo parecido a un circo criollo. El affaire Fibertel ya se ha vuelto, tan de pronto, una buena síntesis del concierto desafinado de nuestra actualidad. Gentileza, más que nada, del gobierno: debían estar demasiado tranquilos, estos días, y sintieron que necesitaban complicarse. Así que consiguieron, en un abracadabra, ponerse en contra a dos o tres millones de usuarios de un servicio que ya es básico: son —en su gran mayoría— personas activas, hipercomunicadas, de esa clase media y media alta que el oficialismo estaba tratando de seducir para conseguir los votos que le faltan. Los argentinos tenemos —gracias a Dios y a la dispepsia— la indignación y los rencores facilísimos: si el cierre de Fibertel prospera y crea el previsible caos, esos millones van a sentir que los jodieron gratis. Ya lo dicen, de a miles, en las redes; ya empiezan a marchar.
Lo cual no es un argumento decisivo. Uno podría entender que el gobierno —o cualquier otro grupo— empezara una pelea con un sector para favorecer a otro más afín: en eso consiste la política. Es obvio que si los K quisieran —un suponer audaz— restablecer los aportes patronales que sacó Cavallo para pagar el 82 por ciento móvil, enojarían a los patrones que deberían aportarlos. En este caso, en cambio, exasperan a millones sin ganar nada a cambio. Ningún trabajador o desempleado argentino va a tener la sensación de que ha obtenido algo que le importaba ni a sentir que su vida mejora porque Fibertel cese. Y una gran mayoría imagina que es una escaramuza de una guerra particular entre grandotes que de pronto desborda y produce, por pura torpeza, daños colaterales brutos.
—Pero no, no va a haber problema, mi estimado. ¿No escuchó lo que dice el ministro, que hay otros proveedores de Internet?
—Sí, en casi todas partes hay uno más, que se va a quedar con todo. ¿No era que estábamos contra los monopolios?
Si hay cierre el kilombo está garantizado. Telefónica y Telecom suelen trabajar mal; aunque trabajaran bien, nadie puede absorber un millón de clientes nuevos en un par de meses. Y si el gobierno, ante esa evidencia, decide echarse atrás —o si todo fue un amague tipo apriete—, va a quedar como un matón de esquina, el clásico angarrame que lo mato: un papelón que no le sirve para nada.
Para colmo el planteo es poco claro. La primera regla de cualquier medida es que sea más o menos fácil de entender. Ésta se basa en justificaciones leguleyas tan confusas: una empresa que funcionó durante años de pronto pasa a ser ilegal sin que se sepa bien por qué. Es una síntesis de las idas y vueltas de un gobierno que no para de hacer declaraciones principistas y de variar radicalmente las conductas que esos principios deberían producir. Todos recordamos que Clarín —ahora el peor monopolio, cómplice sangriento de la dictadura militar— fue durante varios años su aliado más intenso. Nunca supimos por qué dejó de serlo; hace poco, en Página/12, uno de los mejores voceros oficialistas dio un par de opciones: “¿Cómo se explica que el mismo sector político que en diciembre de 2007 prorrogó por diez años las licencias de radios y televisoras, llegara a la ruptura total en 2008/2009?”, escribió Horacio Verbitsky. “En la Casa Rosada se afirma que Magnetto trató de convencer a Kirchner de que Cristina no podía ser candidata a la presidencia, que pidió ayuda oficial para quedarse con Telecom Argentina, que Cristina se opuso y que el Grupo se lanzó a operar para desleír su gobierno. Fuentes de la conducción del Grupo replican que fue Kirchner quien les propuso que se hicieran cargo de la filial argentina de Telecom Italia, y que Magnetto se rehusó por desconfianza en el gobierno”. Las dos versiones del articulista coinciden en que la pelea no fue por principios sino por negocios, aunque ahora los negocios se discutan a fuerza de declaraciones de principios. La Prensa Libre, la Memoria, los diversos Derechos: una módica carrera de ratas.
Donde la oposición, por supuesto, no pierde pisada ni oportunidad para enarbolar su papanatería. Sobran los ejemplos; alcanza con la doctora Carrió repitiendo que el cierre de Fibertel forma parte de un plan del gobierno “para dejar a la sociedad sin prensa libre” —como si Internet fuera la prensa libre, como si Clarín fuera tal cosa— y que, para completarlo, ahora “van por Papel Prensa”. Ir por no solía ser castellano, pero si hay algo que ha atentado y sigue atentando contra la famosa libertad de prensa en la Argentina es la existencia de una empresa sostenida por el Estado que favorece, con papel barato, a los dos grandes oligopolios del periodismo nacional. Corregirlo sería justicia; para eso habría que plantear la injusticia de ese dispositivo —lo cual haría que nadie más pudiera aprovecharlo— en lugar de recurrir una vez más al Factor Dictadura —tan gauchito—, que descalifica a los usuarios actuales y permite reemplazarlos por unos más amigos.
Nada de lo cual hace olvidar la base del asunto: que el gobierno acaba de inventarse, solito y sin la menor necesidad visible, un problema que lo enfrenta con millones. Alguien tendría que explicar por qué lo hace: ¿omnipotencia, aburrimiento, ligereza, burricie, cólera buey, inteligencia maquiavélica? En cualquier caso, no es nada nuevo. Las dimensiones son menores; el mecanismo, tan parecido al de marzo 2008. En mi barrio lo llamamos escupir para arriba.
Lo cual no es un argumento decisivo. Uno podría entender que el gobierno —o cualquier otro grupo— empezara una pelea con un sector para favorecer a otro más afín: en eso consiste la política. Es obvio que si los K quisieran —un suponer audaz— restablecer los aportes patronales que sacó Cavallo para pagar el 82 por ciento móvil, enojarían a los patrones que deberían aportarlos. En este caso, en cambio, exasperan a millones sin ganar nada a cambio. Ningún trabajador o desempleado argentino va a tener la sensación de que ha obtenido algo que le importaba ni a sentir que su vida mejora porque Fibertel cese. Y una gran mayoría imagina que es una escaramuza de una guerra particular entre grandotes que de pronto desborda y produce, por pura torpeza, daños colaterales brutos.
—Pero no, no va a haber problema, mi estimado. ¿No escuchó lo que dice el ministro, que hay otros proveedores de Internet?
—Sí, en casi todas partes hay uno más, que se va a quedar con todo. ¿No era que estábamos contra los monopolios?
Si hay cierre el kilombo está garantizado. Telefónica y Telecom suelen trabajar mal; aunque trabajaran bien, nadie puede absorber un millón de clientes nuevos en un par de meses. Y si el gobierno, ante esa evidencia, decide echarse atrás —o si todo fue un amague tipo apriete—, va a quedar como un matón de esquina, el clásico angarrame que lo mato: un papelón que no le sirve para nada.
Para colmo el planteo es poco claro. La primera regla de cualquier medida es que sea más o menos fácil de entender. Ésta se basa en justificaciones leguleyas tan confusas: una empresa que funcionó durante años de pronto pasa a ser ilegal sin que se sepa bien por qué. Es una síntesis de las idas y vueltas de un gobierno que no para de hacer declaraciones principistas y de variar radicalmente las conductas que esos principios deberían producir. Todos recordamos que Clarín —ahora el peor monopolio, cómplice sangriento de la dictadura militar— fue durante varios años su aliado más intenso. Nunca supimos por qué dejó de serlo; hace poco, en Página/12, uno de los mejores voceros oficialistas dio un par de opciones: “¿Cómo se explica que el mismo sector político que en diciembre de 2007 prorrogó por diez años las licencias de radios y televisoras, llegara a la ruptura total en 2008/2009?”, escribió Horacio Verbitsky. “En la Casa Rosada se afirma que Magnetto trató de convencer a Kirchner de que Cristina no podía ser candidata a la presidencia, que pidió ayuda oficial para quedarse con Telecom Argentina, que Cristina se opuso y que el Grupo se lanzó a operar para desleír su gobierno. Fuentes de la conducción del Grupo replican que fue Kirchner quien les propuso que se hicieran cargo de la filial argentina de Telecom Italia, y que Magnetto se rehusó por desconfianza en el gobierno”. Las dos versiones del articulista coinciden en que la pelea no fue por principios sino por negocios, aunque ahora los negocios se discutan a fuerza de declaraciones de principios. La Prensa Libre, la Memoria, los diversos Derechos: una módica carrera de ratas.
Donde la oposición, por supuesto, no pierde pisada ni oportunidad para enarbolar su papanatería. Sobran los ejemplos; alcanza con la doctora Carrió repitiendo que el cierre de Fibertel forma parte de un plan del gobierno “para dejar a la sociedad sin prensa libre” —como si Internet fuera la prensa libre, como si Clarín fuera tal cosa— y que, para completarlo, ahora “van por Papel Prensa”. Ir por no solía ser castellano, pero si hay algo que ha atentado y sigue atentando contra la famosa libertad de prensa en la Argentina es la existencia de una empresa sostenida por el Estado que favorece, con papel barato, a los dos grandes oligopolios del periodismo nacional. Corregirlo sería justicia; para eso habría que plantear la injusticia de ese dispositivo —lo cual haría que nadie más pudiera aprovecharlo— en lugar de recurrir una vez más al Factor Dictadura —tan gauchito—, que descalifica a los usuarios actuales y permite reemplazarlos por unos más amigos.
Nada de lo cual hace olvidar la base del asunto: que el gobierno acaba de inventarse, solito y sin la menor necesidad visible, un problema que lo enfrenta con millones. Alguien tendría que explicar por qué lo hace: ¿omnipotencia, aburrimiento, ligereza, burricie, cólera buey, inteligencia maquiavélica? En cualquier caso, no es nada nuevo. Las dimensiones son menores; el mecanismo, tan parecido al de marzo 2008. En mi barrio lo llamamos escupir para arriba.


