OPINIÓN
El vértigo
24.08.2010 | 18:04 hs. · Autor: Ricardo Forster · Fuente: El Argentino
Esta semana estará cruzada por el vértigo. Casi sin descanso se van sucediendo los temas y los nudos de una conflictividad política que no parece disminuir ni relajarse. El fin de semana que acaba de pasar nos trajo la ardua disputa alrededor de la caducidad de la licencia de Fibertel (que en verdad, y como lo mostró la Secretaría de Comunicaciones, ya había sido dejada a un lado por la empresa en enero del 2009). Con una rapidez inusual y digna de mejor causa, una parte sustantiva de la oposición salió al ruedo para acusar al Gobierno de avanzar contra la libertad de expresión y de asemejarse cada vez más a Venezuela (el espantapájaros de Chávez fue esgrimido por aquellos que salen raudos a defender los intereses del grupo monopólico sin importarles la ilegalidad en la que incurría la empresa).

También es cierto que desde el kirchnerismo se suelen lanzar todos los dardos contra Clarín cuando no estaría nada mal revisar integralmente la legislación que sigue concentrando el mercado de las telecomunicaciones en nuestro país (para muchos sería más confiable y clara una decisión como la que se acaba de tomar si pudiera ser enmarcada, como lo fue la ley de servicios audiovisuales, en una perspectiva más amplia que incluya un debate y una actualización de la legislación vigente). Todo esto no le quita legitimidad a una medida que apunta a impedir que la ilegalidad disfrazada de supuesto respeto a la ley y a la demanda de “seguridad jurídica” siga multiplicándose en el interior de una sociedad que no ha logrado librarse del poder de las corporaciones. La oposición sabe esto, conoce la avidez del Grupo Clarín, y sin embargo se encolumna rápida y acríticamente detrás de los intereses monopólicos.

Sería deseable que aquellos que dicen defender un proyecto popular y democrático definan su posición y no dejen que algunas frases sorprendentes confundan a sus seguidores (no deja de ser inquietante la ambigüedad con la que vienen expresándose algunos connotados dirigentes de Proyecto Sur que, eso parecería, prefieren tener buenas relaciones con el monopolio).

Plantear la necesidad de avanzar sobre la renta minera es importante siempre y cuando no se haga silenciando los avances significativos que se han logrado a la hora de poner en cuestión otras rentas fundamentales (incluso aunque la disputa decisiva por la fabulosa renta agraria no haya concluido favorablemente para los intereses populares por, entre otras cosas, el apoyo que le brindaron a la Mesa de Enlace y al voto no positivo del pequeño señor Cobos ciertos sectores progresistas –esos mismos que se desgarran las vestiduras al hablar de la “expoliación minera” que, eso también hay que decirlo, no ha constituido ni constituye el núcleo clave de las riquezas argentinas ni ha sido ni es el eje de la verdadera disputa por una distribución más justa y equitativa de la renta, y eso más allá de la necesidad de grabarla y de impedir formas purulentas de extracción de minerales que comprometen el medio ambiente–).

Votar junto con la derecha, como lo hicieron el socialismo, el GEN y algunos legisladores del bloque solanista, el proyecto hipócrita y cínico del 82% móvil para las jubilaciones dejando afuera la cuestión central de la reintroducción de las cargas patronales y sabiendo que apunta fundamentalmente a desfinanciar al Gobierno o hacerse los distraídos ante lo que vienen diciendo y haciendo las corporaciones económico-mediáticas, pone en entredicho la sinceridad de algunas propuestas (sin olvidar la [¿] sorprendente declaración de Pino Solanas de sus grandes acuerdos con Elisa Carrió, maestra insuperable en la producción a destajo de una retórica apocalíptica, franca y decididamente afirmada en un pensamiento de derecha restauradora; retórica cultivada, aunque a veces con otra direccionalidad, por el cineasta).

Extrañas peripecias de quienes dicen defender los intereses populares y nacionales pero que se sienten muy a gusto en los sets televisivos de quienes han construido una estructura monopólica, de aquellos que han estado siempre a la vanguardia de los condicionamientos corporativos a los distintos gobiernos democráticos.

Este mismo martes, siguiendo lo señalado en la primera frase, seremos testigos de, por un lado, la caída de las facultades delegadas que vendrá acompañada por una brutal ofensiva opositora para dejar inerme al Gobierno, y, por el otro lado, la esperada presentación del informe sobre Papel Prensa que hará la presidenta Cristina Fernández en la Casa Rosada y como puesta en evidencia de uno de los negociados más turbios y horrorosos de la historia de los medios de comunicación en la Argentina.

Regresar sobre los años brutales de la dictadura, incursionar en sus mazmorras y en su lógica represiva, penetrar en sus decisiones político-económicas, es algo de lo que nos ofrecerá, sin anestesia, un informe que nos pondrá delante de la infamia. Demasiado pus sigue saliendo de una empresa, Papel Prensa, construida sobre la violencia y la violación de todas las garantías y de todos los derechos en la noche más negra que recuerden nuestros doscientos años de historia.

¿Será por eso la “unidad en la acción” mostrada por los grupos Clarín y La Nación que ni siquiera se toman la molestia de diferenciar sus títulos de tapa? ¿Será por eso que lo más rancio de la oposición sale sin pudor alguno a embanderarse detrás de la defensa de la libertad de expresión sin decir una sola palabra de lo que ha significado la trama envenenada de Papel Prensa como instrumento habilitador del poder monopólico de la corporación mediática? ¿Será, finalmente, también por eso que los “periodistas independientes” y algunos intelectuales que se han convertido en columnistas de los principales medios gráficos, de esos que se ofrecen como la quintaesencia de la virtud republicana, hacen absoluto silencio ante una historia siniestra? No es un acontecimiento menor lo que será dicho hoy por Cristina Fernández.

Una semana, entonces, atravesada por el vértigo, en la que seguiremos siendo testigos de lo que viene dirimiéndose en el país y mostrando, de un modo que resulta excepcional, que vivimos una época en la que todo está en debate. Se discute, como hacía mucho que no sucedía, el núcleo de intereses económicos y simbólicos. Se hacen públicas historias que nos retrotraen a los años de la dictadura no como un modo de cerrar aquellos expedientes sino como una manera de comprender cómo se han perpetuado hasta nuestros días. Lo que se evidencia es que aquello que no se repara y no se resuelve de acuerdo con un ejercicio democrático de la justicia sigue conmoviendo la trama más profunda de una sociedad. Algo de esto será escuchado al abrirse la caja de Pandora de una historia espantosa.
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